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Ruptura completa del ligamento cruzado

Cada vez que me escribe me arruina el día. Si existe algo peor que terminar la relación con alguien a quien amaste durante años, probablemente sea terminar mientras el otro está en negación. Supongo que una de las principales razones por las que se acaban los vínculos es por la falta de honestidad y la comunicación fallida. Y, entonces, ¿por qué esperamos que al finalizar el vínculo la despedida sea honesta y efectiva? 

No entiende todo el daño que me hizo, o lo entiende y le importa poco, o le importa mucho pero entiende poco. Sea como sea que lo esté viviendo, lo hace a mala conciencia. O quizás sea yo la que lo malvive, sufriendo como nunca y asumiendo esta ruptura como un quiebre definitivo. La mayor parte de la gente piensa que la culpa siempre la tiene el que se enoja y que tarde o temprano se le va a pasar, pero yo creo que si algún día se me pasa va a ser más por la desesperación de la soledad o la nostalgia que porque realmente quiera estar de nuevo a su lado.

Quiero que se vaya lejos y se lo lleve todo: cualquier persona, lugar, película o canción que nos recuerde a nosotras. No quiero ningún souvenir de esta despedida. No se trata de una ruptura completa del ligamento por desentendimiento, sino por el entendimiento absoluto de quién realmente era ella. Y pensar cuántas veces criticamos juntas a mis exparejas diciendo lo egoístas y crueles que fueron, para encontrarme con que ella reunía lo peor de todos. Siendo la que mayor poder tenía para dañarme, lo destruyó todo. 

Dicen que la escritura tiene que ver con el desapego de la emoción, pero yo escribo cuando la emoción ya pudo del todo conmigo. Después de meses de sufrimiento, antidepresivos y terapia, por fin me llegó la certeza absoluta de que de este pozo voy a tardar mucho más en salir. 

¿Cómo se supera una amistad de 24 años?, me pregunté cada noche estos seis meses. Ahora lo sé: al igual que toda pérdida, quizás no se supera jamás.


Me siento intelectualmente sola

Quizás mi problema viene de lo privilegiada que fui con las buenas amistades que tuve en mi vida. Podrán decir de mí que siempre fui tímida y reservada, pero siempre tuve las amistades más intensas y reales que vi. Nunca consideré la amistad como "gente con la que pasas el rato", ni tampoco tuve nunca amistades traicioneras, ni aprovechadoras, ni malintencionadas. Afortunadamente, mis amigos fueron y son pocos pero siempre tuvimos una afinidad tan genuina que estar juntos significaba estar completamente cómodos, libre y entendidos. Con quienes alguna vez perdí esa comodidad, dejamos nuestra amistad hasta recobrar lo que teníamos o sencillamente terminó la relación.

Sin embargo, los años pasan y comenzamos a desarrollarnos en soledad. Cada uno empieza a tener complejos, miedos, ideas y objetivos diferentes, por lo cual también utilizamos medios y modos diferentes para lidiar con ellos. No todos queremos abordar siempre los mismos temas al mismo tiempo, así como tampoco tenemos las mismas reflexiones y el crecimiento personal en simultaneo. Dependiendo también de tus objetivos, vas orientando tus pensamientos hacia cierto punto, y a veces, en orden de llegar a ese punto nos despojamos de pensamientos que nos lo impidan. Lo que quiero decir es que la gente normalmente evita pensamientos o ideas que puedan serles demasiado controversiales y que puedan cambiarles las formas de ser y actuar en la vida. Especialmente cuando se tratan de ideas que no van con lo que piensa la mayoría. Todos queremos aprobación, que nos acepten y nos aplaudan, luchar juntos por la misma causa y criticar los mismos puntos. Desde luego, para mí también suele ser reconfortante ver a mi gente cercana opinando igual que yo, sin embargo poco a poco nos fuimos alejando de las mismas ideas.

Una posible comparación de me siento desde algunos meses es el formato de Twitter en el que dicen "unpopular opinion". Siento que me alejé mucho del pensamiento popular, reflexiones e ideas que yo mantenía y defendía hasta poco más de un año ya. Probablemente a causa de la cuarentena, me sobró tiempo en solitario para observar, recordar y reflexionar sobre diversos asuntos, así como también para comenzar un crecimiento emocional personal tan rápido y efectivo como nunca había tenido. Creí que iba a tratarse de algo positivo, y en gran parte siento que lo es, pero al mismo tiempo nunca me sentí tan intelectualmente sola. Y, quizás por cómo acostumbramos a usar la palabra 'intelectual' en la jerga porteña me veo presionada a aclarar que no intento decir que me siento más inteligente que nadie, simplemente que siento que la gente a la que amo y me ama no comparte mis ideas ni yo la de ellos. Eso me hace sentir emocional e intelectualmente sola. 

Asimismo, siento que destrabé ciertas habilidades que ya no puedo olvidar pero que perjudican un poco mi día a día. Por ejemplo, la fácil asociación de actitudes pasivo-agresivas o verbalmente agresivas con el pésimo autoestima de quien las hace y descarga su frustración en el otro. Muchas veces consideramos que la gente pasivo-agresiva no es dañina, sino que algo de nosotros les desagrada e intentan decirlo de la manera menos conflictiva posible. Pero creo que esa conclusión es equivocada. La forma menos conflictiva de decir algo es decirlo directa y claramente, con amabilidad y respeto, buscando un entendimiento mutuo. La gente pasivo-agresiva es sencillamente agresiva pero con miedo a las represalias, y es correcto demostrarles que SÍ hay represalias de tu parte cuando son agresivos con vos: en primer lugar, explicitando que estás en contra de ese comentario o que ese comentario fue agresivo, y en caso de una negativa simplemente tomar espacio, y dejar de hablarles temporal o permanentemente. Lamentablemente descubrí que algunas personas que quiero mucho en mi vida son así...

Otra habilidad que desarrollé es identificar actitudes inmaduras. Los caprichos, las actitudes egoístas, la pésima capacidad de comunicación ante situaciones difíciles, el actuar dejándose llevar por los impulsos, entre otras actitudes que menciono en la entrada anterior. Parecen todas actitudes fáciles de identificar porque las asociamos a las de los niños, que son extremadamente explícitas, sin embargo muchos adultos jóvenes y medios, e incluso adultos mayores, siguen manteniendo estas actitudes pero pulidas. De hecho, todas las personas que conozco las tiene, incluyéndome. Es por eso que solemos tener malas relaciones: porque ambas partes se comportan de forma inmadura, y al mismo tiempo ambos se creen que están siendo maduros y el inmaduro es simplemente el otro. La única salida del ciclo de la inmadurez es ser conscientes de nuestras acciones y ser autocríticos, dos habilidades que normalmente nadie tiene porque son difíciles y dolorosas, y porque nos gusta mantenernos en las ideas a las que estamos acostumbrados. 

Por supuesto, comprendo que no todos avanzamos en simultáneo. Quizás yo avancé en muchos temas y la gente a la que quiero pronto los avanzará, pero también puede que nunca lo hagan. También podría ser que haya temas en los que ellos avanzaron y yo no, y puede que nunca lo haga. Ese crecimiento dispar nos aleja en valores, actitudes, formas de vida, en las ideas que defendemos y las reflexiones que hacemos. Básicamente, nos aleja en las cosas más vitales de una relación de cualquier tipo

Lo cierto es que lo tomo con calma activa y con la mayor posible paciencia, pero en la intimidad de mis pensamientos me siento profunda, desconsolada e irremediablemente sola. Me pregunto si quizás deba relacionarme con nueva gente, pero la mayor parte de la gente es inmadura, agresiva y/o complaciente, o sencillamente imbécil en los aspectos que a mí me interesan porque se concentran en otros que a mí me resultan superficiales e insignificantes. 

En Midnight Gospel hay un capitulo que habla sobre la soledad. Dice que si no tenés un lugar, quizás deberías empezar un nuevo lugar porque si vos estás solo, sabés que otros también lo están. Supongo que ese es el propósito con el que algunos streamers de twitch y algunos youtubers empiezan: un espacio que creas para sentirte acompañado y hacer sentir a los demás lo mismo. También debe ser el propósito de mucha gente de escribir una novela, filmar una historia, crear una canción o hasta sencillamente publicar un post. Puede que también haya sido mi propósito para la creación de este blog a mis 15 años, y puede que lo siga siendo ahora a mis 22 años. Quizás solo quería contar cosas para no sentirme más sola, y quizás hacer sentir a alguien más acompañado durante al menos lo que duren mis textos.


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Deberías aprender a ser adulto o resignarte a tener una vida miserable

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        El asunto es el siguiente: cuando uno es chico y tiene una familia más o menos decente, generalmente concibe a los adultos como personas superiores. Suponemos que saben qué decir, cómo cuidarnos y qué es lo mejor en cada caso. Pareciera que ya tienen la vida descifrada, por lo que uno supone que debería escucharlos y seguirlos como si se tratasen de gurúes o chamanes. Así creo que es incluso para los niños que se revelan en contra de ellos, ya que muchas veces identifican que lo que hicieron o hacen está mal (porque va en contra de la voluntad de los adultos), pero que "no les importa". Y luego vemos cómo, la mayor parte de las veces, realmente sí les importa y precisamente se comportan así para llamar y obtener la atención de los adultos.  

        Después, crecemos y la perspectiva comienza a cambiar. Simplemente observando los pifies de los adultos a nuestro alrededor uno, comienza a entender que el hacerse adulto es algo inevitable por el paso del tiempo en vez de un estado de sobriedad y sabiduría. También notamos en nosotros mismos lo poco que nos sentimos preparados para ser adultos, y sin embargo no tenemos opción. Así, puede que comencemos a exculpar a los adultos de nuestras vidas: "hicieron lo mejor que pudieron", "a pesar de que son malas formas, esas formas funcionaron", "quizás al final ellos tenían razón". Y entonces comenzamos a creer que ser adulto simplemente significa aprender de tus errores para no volver a cometerlos, no mostrarse vulnerable frente a nadie ya que solamente se puede confiar en uno mismo, trabajar para tener más plata y aprender las tareas administrativas necesarias para sobrevivir en el sistema

        Sin embargo, de esta forma no logramos crecer como seres humanos sino más bien aprender a sobrevivir, ya que nunca se trabaja en el desarrollo emocional, social e intelectual, más allá de lo útil para aspectos económicos o de supervivencia básica. Así lo vemos, por ejemplo, en muchas personas que aparentan madurez por estar económicamente independizadas, y sin embargo no saben contener sus impulsos, creyendo que son parte de su personalidad y que la gente los tiene que querer así como son, en vez de esforzarse en mejorar como seres humanos; culpan a todo el mundo por lo que les pasa, ya sea a parejas, amigos, familia, gobierno y hasta a toda la sociedad; odian a grupos enteros de personas porque no han reflexionado nunca sobre ningún tema, por lo que es más fácil simplemente echar culpas y decir que absolutamente todo el mundo es malo excepto ellos; creen que hacerse respetar es tratar mal a todos para que les tengan miedo; celebran la venganza y la confunden con la justicia; piensan las relaciones en términos de ganancias contables y, para sufrir menos, creen que todo el mundo es reemplazable; etc.

        Sin embargo, creo que así como es de gran importancia trabajar para lograr tener un bienestar económico, también es igualmente importante trabajar para lograr tener un bienestar emocional. Y no mediante fórmulas de evasión, defensa y aislamiento (que solo logran proyectar un fingido bienestar para luego convertirte en un ser miserable), sino aprendiendo a afrontar situaciones, tristezas, soledades, contextos, enojos, traumas y dolores, abriéndote y exponiéndote a estos para así lograr trabajarlos desde la honestidad y la sanación real. Aprender a entenderse a uno mismo no solamente desde el yo, sino desde la perspectiva de que todos somos seres humanos intentando sobrevivir física, económica y emocionalmente.


        Algunos aspectos de madurez para mí son: 

  • Desarrollar tu inteligencia emocional para tener relaciones reales y sanas (tanto efímeras como duraderas, y tanto personales como profesionales).
  • Entender que la mejor solución en muchas ocasiones no es intentar convencer a los demás de cambiar para ser mejores personas, sino simplemente alejarse. A veces, perder a alguien valioso es la única forma de que el otro entienda que actuó mal y que no debe volver a cometer los mismos errores con otras personas. 
  • Comprender el verdadero valor del dinero y reflexionar sobre qué cosas realmente uno desea y qué otras son productos del consumismo salvaje en el que vivimos. 
  • Aprender cómo reaccionar frente a las injusticias que nos ocurren a nosotros, a la gente que queremos y a la comunidad misma. 
  • Aprender cómo reaccionar de la mejor forma posible ante diversos patrones de situaciones y personas, de forma justa para todos
  • Cómo transitar la vida de forma que puedas mantenerte fiel a tus valores y tu ética, a pesar de los imprevistos y obstáculos.
  • Comenzar a tener una perspectiva más madura sobre tu futuro, sin perder la noción del presente ni negando el pasado. 
  • Pero, por sobre todas las cosas, considero de gran importancia comprender nociones del mundo más allá de tu ego, entendiendo que lo importante es la verdad y el bienestar, y no tu satisfacción personal de "haber tenido razón" o "haber ganado". Este último aprendizaje es el que dará pie a que realmente puedas seguir aprendiendo en todos los aspectos durante el resto de tu vida y a que no te estanques en tu realidad imaginaria.  

        Sin embargo, pareciera que mucha gente no fue, o no es, es capaz de entender qué significa ser adulto. Considero que mucha gente se quedó con la idea de que crecer es solamente una circunstancia, y lo único que se aprende con el tiempo es de nuestros errores, generalmente económicos y románticos, pero no para replantearse toda la situación, sino para aplicarlos de forma en que la próxima vez no tengan que salir lastimados o "perdedores", sin importar los medios. Y es que ese es, para mí, la mejor señal de que alguien no maduró: no aprendieron cómo afrontar la tristeza, sino a evitarla a todo costo y a evadirla una vez que la sientas. Sus soluciones son la evasión, la negación, la distracción, el reemplazo. Dejan que las malas experiencias los conviertan de un ser hostil.

        De repente, sentir, exponerse, experimentar, ser realmente honesto y ser vulnerable, ya no es una opción real porque consideran que ser adulto es aprender que en la vida hay que estar siempre al ataque o en defensa, y que hay que buscar la forma de ser uno el que siempre gana (es decir: no sufre). Básicamente, la idea de algunos es construirse un personaje aparentemente indestructible e intentar ganar el juego. Por esto generalmente estos adultos son los que siempre van a jugar el rol en tu vida de criticarte absolutamente todo lo que hagas y no concuerde con el personaje que ellos se armaron. Tu personalidad está mal, al igual que tu carrera, tu trabajo, tu pareja, tus amigos, tus metas, tus ilusiones, tus enojos, tus tristezas, tus alegrías, la forma en que hablas y te expresas, en que te vestís y hasta la forma en que te ves físicamente. Porque piensan que, desde su perspectiva, no estás apto para ganar el juego. Por supuesto, la idea no es no aconsejar, sino más bien aprender la mejor forma de aconsejar, teniendo también en cuenta que algunas lecciones se aprenden solamente al vivirlas, por lo que no podemos esperar que alguien haga exactamente todo lo que queremos. Y no solamente porque deben vivirlas para entenderlas, sino también porque quizás al final lo que funciona para nosotros no funcione para ellos. O incluso, quizás, encuentren una mejor forma de la cual nosotros, como adultos, podamos aprender y aplicarla también.

        En definitiva, la solución que proponen es buscar estar feliz para superar y evitar la tristeza. Y de eso no se trata. La única forma de, quizás, llegar a sanar la tristeza que te provoca una situación es transitándola. Permitirte estar triste y no buscar desesperadamente una forma de estar bien, porque justamente de eso se trata que algo malo te pase: que vas a estar triste y, si no lo estás porque lo evitas, te va a repercutir en tu día a día de forma en que las cosas que te distraen al final no te van a hacer realmente feliz ni te van a dar paz con vos mismo. Se trata del ejercicio de la voluntad de bancarte estar triste sin poder hacer nada al respecto y teniendo que ser tu propio amigo que te da palmadas en la espalda hasta que se te pase. Luego, llega la aceptación de lo ocurrió y simplemente seguís viviendo otras experiencias. Muchas veces sucede que volvés a vivir cosas buenas y, sin embargo, volvés a caer en bajones y crees que no estás avanzando. Por supuesto que estás avanzando: de eso se trata, a pesar de estar mal vas a seguir construyendo y experimentando cosas buenas, pero eso no niega el hecho de que estés mal.  

        Sé que los adultos que participaron en mi formación hicieron lo mejor que pudieron. Por eso, porque lo mejor que pudieron fue muchísimo y con mucho amor, lo valoro y agradezco todos los días. Pero tampoco es como si el amor y el agradecimiento me provocaran ceguera. Hay muchas cosas que observo de todos y cada uno de ellos que me dan bronca y me cansan mucho. Me cansa no tener adultos en mi vida en los que yo pueda confiar absolutamente en todos los aspectos. Quizás soy muy idealista y nadie tenga adultos en su vida así, pero yo siempre pienso que me gustaría ser esa clase de adulto para el niño que me toque criar o con el que me toque formar parte de su vida. Una persona honesta, sensible, abierta, comunicativa, tranquila, no agresiva y que sabe escuchar. Humana. 

Ser impulsivo no es ser honesto.

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Durante toda mi vida tuve la idea de que ser impulsivo nacía de mostrar realmente lo que pensabas y lo que sentías. No recuerdo una sola discusión con alguien a quien yo quería en la que hubiese contenido mis impulsos y pensado fríamente lo que iba a responder. Me parecía que aquel que no decía lo que pensaba, justo en el momento en que lo pensaba, era una persona de no fiar, cobarde o idiota. A pesar de que luego podía reconocer que en mis impulsos había sido demasiado cruel y era capaz de pedir disculpas, en mi cabeza lo validaba asociándolo con que eran las consecuencias de ser honesta.

En mis veinte años, comencé a ser más reflexiva sobre este aspecto de mi vida. Había tenido mi primera pareja, con la cual duramos unos pocos meses. Él había decidido dejarme porque las peleas eran constantes. Cada vez que yo sentía celos, reaccionaba encarándolo y buscando respuestas que no existían. Cada vez que él decía algo que me hacía sentir mal, eran llantos y recriminaciones sobre lo mal que había actuado conmigo. Cada vez que me sentía triste, lo retenía a mi lado diciéndole lo mal que me sentía, lo mucho que lo necesitaba y lo mal que estaba si decidía dejar de hablarme y "dejarme sola con esa tristeza". Por eso cuando mi pareja me dejó, entendí que mis reacciones, que hasta aquel entonces mis amigos y familiares habían tolerado, realmente no tenían por qué ser toleradas.

Pero poco tiempo después, volví a ponerme en pareja con una persona que demostraba ser muy diferente a mi ex. Él me escuchaba, me decía las cosas sin pensarlas dos veces, y actuaba de forma muy natural. Cuando comenzamos a tener discusiones, él, ante mis reacciones impulsivas, reaccionaba de igual forma y eso hacía, nuestras discusiones, algo más equilibrado. Luego ambos nos disculpábamos y pensábamos que solamente había sido un mal rato. Esto cambió cuando, a los pocos meses de noviazgo, descubrí que me había sido infiel (entre muchas otras mentiras y manipulaciones). Mi primera reacción, impulsiva, fue dejarlo y su primera reacción, impulsiva, fue rogarme de rodillas que lo perdonara. Mi segunda reacción, pocos días después, impulsiva, fue perdonarlo. Y su segunda reacción, también impulsiva, fue jurarme que nunca más lo volvería a hacer. Por supuesto, yo nunca pude perdonarlo y él volvió a hacerlo, muchas veces más. Cada vez que lo descubría y lo hablábamos, ambos decíamos lo primero que pensábamos y él solía explicarme lo difícil que le era ser honesto, pero se negaba a buscar ayuda y juraba no volverlo a hacer; y yo le recriminaba lo mala persona que era por hacerme sufrir así después de todo lo que yo hacía por él, pero decía que lo perdonaba. Ambos mentíamos, porque no queríamos perdernos. No por amor, sino porque quizás, inconscientemente, sabíamos que nadie más iba a perdonar, como hacíamos nosotros, nuestros impulsos. 

Finalmente un día nuestra relación se acabó y, casualmente, al poco tiempo volví a salir con mi primera pareja. Con el fin de mi relación tóxica anterior creí que todos los males en mi vida se resolverían y volvería a ser la persona que fui antes. Pero las experiencias suceden, y se quedan. Con mi nueva pareja, replicaba todas las actitudes tóxicas impulsivas que había desarrollado durante mi anterior relación: le recriminaba cada vez que nos peléabamos algunos errores normales que él había cometido; ante sus errores yo reaccionaba de forma agresiva y desconsolada; me enojaba cuando él callaba y no decía lo que sentía o pensaba y quería escapar de estas peleas. Afortunadamente, comencé a darme cuenta de mi propia toxicidad y busqué ayuda psicológica.

Hacía tiempo que acudía al psicólogo pero nunca llevaba allí los problemas que tenía con mis parejas. Me parecían superficiales. Comencé a hablarlos honestamente, y dedicándole mucho tiempo a mis propias reacciones. Siempre fui impulsiva y lo único que deseaba era dejar de serlo, aunque eso implicara dejar de ser honesta. Pensaba que, en orden de dejar de ser impulsiva, iba a tener que renunciar a ser yo misma y aprender a aguantar las cosas. Y cada vez que lo intentaba, fracasaba. Y es que la solución no era aguantar, sino entender el por qué de mis reacciones impulsivas.

Cuando reaccionaba impulsivamente, realmente, no estaba siendo honesta. A veces reaccionaba enojada, cuando realmente estaba triste. Decía cosas hirientes porque realmente quería decir que me sentía triste por lo que el otro me había dicho. Era honesta en el punto de demostrar que lo que sucedía me generaba un malestar, pero no del todo honesta con lo que realmente sentía en ese malestar. Generaba en el otro emociones negativas que yo no quería generar, y no lograba comunicarme honestamente. Ser impulsiva, ahora entendía, era simplemente ser todo lo negativo que había sufrido y expresarlo de la primera manera en la que se me ocurriera expresarlo. No era ser yo: era replicar el sufrimiento que me habían generado o que había sufrido. Así fue como, en vez de aguantar, comencé a reflexionar por qué realmente me sentía así, qué era realmente lo que me molestaba de la situación y cómo podía reaccionar de forma favorable para la situación o al menos de forma no dañina. Y así funcionó. Sólo entendiendo.

Para cerrar el tema me gustaría contar una anécdota que me pasó una vez con mi pareja actual. Con esta situación me di realmente cuenta de lo confuso que era para el otro ser impulsivo, y generó en mi el cambio que estoy transitando ahora, de pensar mejor las cosas:

Con mi pareja habíamos pasado como tres días sin vernos porque yo había tenido mucho trabajo y estudio. Habitualmente nos vemos más seguido, o al menos nos comunicamos por celular, pero en esos tres días habíamos estado ocupados y no habíamos hablado mucho siquiera. Él me había dicho de juntarnos varias veces, pero aunque yo quería no había podido. Finalmente conseguimos vernos una noche y, por alguna razón, discutimos por algo. Yo reaccioné mal, él también, la situación se puso triste y, en un momento que nos calmamos, él me confesó que en esos últimos días había estado pensando en que ya no sentía lo mismo por mí que antes, que no había tenido ganas de verme y que no sabía por qué. 
En cualquier otro momento mi reacción hubiese sido irme, cortar la relación, enojarme muchísimo y también llorar muchísimo. Estuve a punto, e incluso lagrimeé un poco, pero algo me detuvo. No me detuvieron sus palabras ni sus acciones, sino el cuestionarme realmente lo que me había dicho. Le pregunté desde hace cuánto sentía eso, y me respondió que los últimos días. "¿Estos días que no nos vimos?". Sí. "Pero si vos me dijiste de salir ayer y no nos juntamos porque yo no podía". Sí, te lo dije pero después se me fueron las ganas. "¿Cuándo se te fueron las ganas? ¿Cuando te dije que yo no podía?". Sí. "Pero entonces sí que tenías ganas, sólo se te fueron las ganas porque yo te dije que no podía". Y entonces me dijo: "Es que siento que vos ya no tenés más ganas de verme".

Es decir, impulsivamente me había dicho que no tenía más ganas de verme, cuando lo que honestamente sentía era que yo no lo quería ver a él, y su método de defensa inconsciente fue pensar que él tampoco tenía ganas de verme. No tenía ganas de ver a alguien que, en su cabeza, no tenía ganas de verlo a él. Pero yo sí tenía ganas de verlo, le dije, y él luego confesó que él también. Finalmente lo solucionamos y todo está bien, pero ese día pude darme cuenta de lo confuso para el otro que es ser impulsivo. Es de las señales más claras de inmadurez y de toxicidad en una pareja (o incluso en cualquier clase de vínculo social).

Ser impulsiva había sido siempre efectivo para demostrarle al otro que lo que sucedía me afectaba, pero había sido completamente confuso para el otro y para mí misma de demostrar por qué me afectaba. El mensaje se confundía. La otra persona entendía algo completamente diferente a lo que yo sentía, y yo ni siquiera entendía por qué me afectaba tanto lo que había sucedido o le daba una explicación que realmente no era cierta. Comprendí que ser impulsiva no era ser honesta sino, quizás, todo lo contrario.

Convivir con tu familia. (2016)

Hoy me quedé pensando en lo fácil que siempre me resultó convivir con amigos. Por supuesto que siempre fueron convivencias en condiciones óptimas: sin pagar tarifas, manejándome con plata de mi familia, sin estrés por el laburo. Lo admito porque no tendría sentido ocultarlo. Lo admito porque, es cierto, así es fácil convivir con casi cualquiera. Casi cualquiera. Pero, si lo pongo en perspectiva, con mi familia también conviví en condiciones óptimas, y siempre fue una mierda. Es difícil tener que adaptarse a los caprichos de los que se llaman a sí mismos adultos. Tienen muchos defectos y no intentan remediarlos porque "son así, y punto". Esta clase de gente son los señores y señoras que deben encargarse de nuestra salud física y mental. Tampoco es fácil compartir el humor con gente de otra generación u otros ámbitos, y mucho menos compartir los mismos intereses.

Es más factible que yo pueda empatizar con algún desconocido con esos defectos que con mi propia familia. ¿Por qué?, si conozco sus historias, si sé las causas que los llevaron a ser como son. Por mucho tiempo me lamenté por eso, intentando buscar una solución que me logre revertir la situación. Pero lejos de encontrar una solución, encontré a una respuesta: no aguanto ni perdono los defectos de mi familia porque yo los padezco cada día desde mi infancia. Es difícil perdonar que nos hayan perjudicado la infancia. Yo ahora, con mis 18 años, me siento peligrosamente capaz de perdonar cualquier cosa que me hagan. Pero me siento incapaz de perdonar haber crecido con la agresividad verbal y, a última instancia, física. Me siento incapaz de haber transitado mi infancia con la negación y el constante lamento. Me siento incapaz de perdonar haber perdido mi inocencia en la cuna de una familia tan hipócrita.

Por eso intento aferrarme con uñas y dientes a todo lo positivo que me han dado. Primero porque estoy agradecida; segundo porque los amo; y tercero porque, si no me aferro, me caigo. Supongo que de eso se trata ser hijo.

Ya fue ser susceptible. (2016)

Ya fue ser susceptible, chicos. Yo te lo entiendo hace cinco o diez años, cuando internet era un lujo para pocos y no leías la opinión de muchos. Te lo entiendo cuando vos interactuabas con la misma gente, de los mismos círculos y zonas. Te lo entiendo cuando éramos corazones sensibles que buscábamos entendimiento y una palmadita en la espalda. Pero ya fue.

Tomando un poco las riendas de esta entrada voy a remontarme a un recuerdo de hace no muchos días. Reunión de familia, los pibes por un lado, los viejos por el otro. Sujeto A le estaba mostrando a un Sujeto B una canción pesadísima, larguísima y con muchísimos instrumentos al mismo tiempo, porque quería que escuchara al guitarrista. "¿Escuchaste?", decía el Sujeto A, que le gusta mucho la música, al Sujeto B, que está recién aprendiendo a tocar la guitarra. "Yo sólo escucho ruido.", dije yo. Un Sujeto C, tirado en el sofá a nuestro lado, se levanta indignado, con una mano el pecho, y comienza con el discurso que ya todos conocemos: "Ay, no digas eso sólo porque es heavy metal. ¿Qué sentirías vos si dijeran eso de la música que a vos te gusta?". Por un segundo creí que rompería a llorar y tendría que consolarlo. Por suerte no. Se quedó mirándome con los ojos llorosos del gatito de Shrek, en busca de una respuesta de arrepentimiento.

Yo, con la paciencia de los pescadores nocturnos de las playas de Las Toninas y el cariño infantil forzado de todas las maestras jardineras bonaerenses, tuve que explicarle: "No me refiero al heavy metal. Me refiero a que yo no tengo oído para distinguir los instrumentos aislados de la canción, básicamente porque nunca aprendí de música, porque nunca me interesó la música y porque tengo un oído choto". El sujeto C calló. A pesar de que tenía ganas de alejarme de toda mi familia, igual casi lo aplaudo y lo felicito por reafirmar su argentinidad opinando e indignándose por algo que apenas escuchó y evidentemente no entendió.


Pero ahora, finjamos ser adultos por un segundo e intentemos responder mi pregunta: ¿y cuál sería el problema si yo hubiese dicho que el heavy metal me parece que es sólo ruido? ¿Qué pasa?, explíquenme porque no lo entiendo. No entiendo que hoy en día, finales del 2016, todavía nos estemos indignando porque los demás no sepan apreciar lo que nosotros sí apreciamos. Si nosotros sabemos que el  género de heavy metal tiene temazos con un manejo de instrumentos excepcional, entonces ¿cuál es el problema si alguien dice que no le gusta? Ojo, entiendo que si tenés ocho o nueve años eso puede llegar a molestarte, porque todavía sos una ratita piojosa caprichosa. Yo pasé por esa etapa, todos lo hicimos, todos lo entendemos. Pero me parece que es hora de crecer, gente. Posta lo digo. Es una locura que en la era cúlmine del Twitter, maquinaria de humor negro, cizaña, mal humor y odio, todavía haya gente que se indigne por pelotudeces.

¿En algún momento dejaremos de ser niños de preescolar?, me pregunto. ¿O es que simplemente nos van creciendo bigotes y tetas, y nos vamos haciendo unos chicos grandotes y peludos? ¿Vamos a seguir intercambiando figuritas en el tiempo libre en la oficina?, ¿vamos a llorar cada vez que desaprobamos un examen en la facultad?, ¿vamos a patalear cuando alguien dice algo que no nos gusta en internet?, ¿vamos a insultarnos cada vez que haya una diferencia en una reunión familiar?, ¿nos va a doler cada vez que alguien diga que no le gusta lo mismo que a nosotros?, ¿vamos a seguir dando clases de moral cuando a nosotros aún nos quedan muchas clases por aprobar?


Me pregunto yo, ¿algún día dejaremos de fingir ser adultos y empezaremos a serlo?

Garabatos con la punta afilada de un corazón roto

21.09.17
              Hoy vengo aquí para declarar contra el orgullo.
              Me presento como testigo presencial y afectado. Llevo conviviendo con él casi ocho meses con la infantil esperanza de que algún día sucumbirá ante mis afectos, se doblegará entre mis dedos y se quedará domado en lo más profundo de mi hombre. 
              Pero hoy desperté y vi el brillo distante de sus ojos y lo reconocí: allí estaba, intacto en sus pupilas, el orgullo me hacía frente como desde el primer día. Es por eso que hoy, luego de tantos días de guerra y otras tantas noches de negociación, decido declarar con los ojos bien abiertos y el corazón envalentonado.
              Orgullo: no me alejarás de mi hombre. Aprendí a conocerte y sé muy bien que no cederás. No dejarás de enfermar la pareja, ni te dejarás persuadir por mis ojos tristes ni mi voz quebrada. Aún menos permitirás al amor de mi vida caminar hacia mí cuando en sus labios porte una disculpa. Pero hoy soy yo quien levanta una muralla y alista las armas. Mis manos serán piadosas, dulces y reconfortantes; mis besos serán pacientes, persuasivos y valientes; mis ojos serán seguros, secos y amables. Ya no lastimarás, ya no alejarás, ya no ganarás.
               Y si el día de mañana tú, Orgullo, ganaras, entonces será solo porque te enfrentaste al mío.
               Se levanta la sesión.


25.09.17
              La noche está calurosa. Me hamaco a su lado en la placita "de los giles" de todos los viernes. Él se divierte mirándome volar, recordando cositas de su infancia, haciéndome reír. Él también se ríe de mis ocurrencias, y, de las que no, bien sabe aceptar besándome las mejillas mientras las cuento.
              Estamos fumando flores de su propia cosecha, comiendo chocolate con maní que resulta ser su favorito, tomando cerveza amarga que corta el dulzor. Nos toqueteamos atrás de los árboles como quinceañeros, y nos causa gracia. Lo miro y sé que lo quiero, casi desde el primer día, pero desde hace dos meses que no dejo de preguntarme si no estaré enamorada. Anhelo estarlo por primera vez, y que sea con él; el primero y el último. Pero me convenzo de que no, no creo estar enamorada, porque si lo estuviera, ¿haría falta preguntármelo?
              Decidimos volver a su casa porque se levantó un viento casi invernal y ya son pasadas las cuatro de la mañana. Él me lleva en su bici por delante de él, y yo empiezo a temblar por el viento que me agarra de frente. Me dice que lo abrace en reemplazo de abrigo, y comienza a pedalear más y más fuerte. Entonces nos encontramos con la avenida que yo más temo cruzar y él se ríe cuando le empiezo a gritar. Y es tanta la gracia, la risa y la euforia, que cuando está a punto de hacerlo, yo le muerdo cariñosamente el pecho y le digo "¡¡¡Aayyrr, te amrww--!!!".
             Siempre me pareció mentira que se te pudiera escapar un te amo, pero juro que a mí se me salió de la garganta uno que ni siquiera sabía que llevaba conmigo. Él se sorprende mientras pedalea y me grita "¡¿Qué?!". Nos reímos a carcajadas e insiste: "¡¿Y así me lo decís?!". Yo niego con la cabeza e intento explicarle, pero la risa no me deja hablar. Le cuento que lo que pasa es que así le digo a mi gato cuando me agarran ataques de cariño. Y es cierto, me lo como a besos y le digo que lo amo, porque lo amo, pero no lo pienso, y en ese momento yo sentí lo mismo con él.
             Los dos nos reímos sin vergüenzas ni miedos. Él no se siente presionado a decirme que él también me ama, y no me lo dice. Quizás porque no me ama o quizás, porque, como yo hasta ese momento, todavía no sabe que sí lo hace... ♡
         
             Un pequeño relato de aquél día, basado en un borrador que escribí justo al día siguiente de confesarte que te amo. Hoy te lo digo a cada segundo, aunque me digas que no me zarpe así no pierde significado. Pero es que todas las palabras del mundo se quedan cortas, todos los besos pequeños, todos los abrazos livianos. Siempre quiero más de vos, te quiero todo, te quiero todo el tiempo y sin descansar.
             Feliz cumpleaños, bebito. Que la fuerza y la ambición que te hicieron ser hoy el hombre admirable que sos, se mantengan vivas en vos como leña que arde, y que nunca te permitan dejar de caminar.
             Tu bebita ♡


9.10.17 
            Esta noche volví a tocarme. No fue sexual, pero igual se sintió prohibido. Desde que tengo memoria me acuesto de costado y acaricio mi cuerpo antes de dormir. Paso mi mano tierna y segura sobre mi pierna derecha por arriba de la sábana y subo hasta mi cintura. Desde allí describo un círculo que rodea mi cintura y mis glúteos; se siente como un abrazo. Subo por mi torso y bajo y vuelvo a subir, y comienzo un recorrido aleatoria que vuelve y se va de todos los destinos que ya mencioné.
            Cuando por fin mi mano derecha se cansa, la izquierda, aplastada por mi peso, se encarga de darte cariño desde los dedos hasta la curva del hombro. Luego acaricio mi cabello por encima de mi frente e inclino un poco la cabeza y acaricio mi nuca, y mis oídos y mi cabeza entera. Luego volteo boca arriba y me duermo.
            Desde que me puse en pareja dejé de hacerlo, de repente lo olvidé. Dejé que otras manos reemplazaran las mías, y en ausencia de ellas dormía fría y tensa. Hoy, que estoy sola, volví a tocarme. Me recorrí entera y sentí reencontrarme con mi más tierna infancia. Me sentí en casa. Hoy me doy cuenta de cuánta falta me hice.


sin fecha. 
               Ya no entiendo los relojes ni el movimiento del sol. No asimilo voces, no distingo miradas. La ansiedad no me permite dormir, ni hablar, ni reír. No quiero vivir más. No me importa la fecha, ni el día, ni la noche, ni ningún instante de esta vida.
               Todo resulta tan abrumador y a la vez tan insignificante...


sin fecha. 
               Quiero escribirte mil cartas y en ella contarte lo mucho que te quiero y sufro tu distancia. Quiero escribirte una cada día, porque a casa sol que se oculta entiendo una forma más en la que mejorabas mi vida. No sé cómo decirte sin asustarte que no quiero vivir más sin vos. No sé ni cómo decírmelo a mí misma sin asustarme.


algún día de diciembre del 2017. 
               Ahora que se acaba el año, estuve pensando un par de cosas. Pensé en vos y en mí. Pensé en lo mucho que significas para mí, en cómo me cambiaste y en lo mucho que me enseñaste. También pensé en que lo que menos quiero en el mundo es pasar las fiestas lejos de la única persona que de verdad me conoce y me quiere. Pero lo que más pensé es que, si de verdad todavía te amo, entonces el mejor regalo de navidad que te puedo hacer es soltarte.
              No es que sea un regalo directo hacia vos; ambos sabemos que preferirías un beso, un abrazo y algún juego sexual. O una moto más grande. Pero esto de soltarte es un regalo para ambos. Yo te amo. Te amo en todos mis recuerdos por igual, en las peleas y en las reconciliaciones; en los llantos, en los miedos, en las noches abrazados. Te amé cuando ya no me soportabas; te amé aún cuando decidiste dejarme para siempre el día de la madre. Te amé en la distancia y en los reencuentros. Te amé incluso besando otros labios, durmiendo en otra cama. Te amo mientras comienzo a amar a alguien más.
              Intenté varias veces dejar de amarte, pero hoy decido dejar de intentarlo. Te voy a querer siempre, y dejar de amar es un arte que no quiero dominar nunca. Por eso sé que la única solución es acabar con todo de una vez por todas. Pero, para regalarte esto, necesito que me ayudes.
              Si te vuelvo a hablar, no respondas. Si te insisto, no respondas. Si te lo ruego, no respondas. Si me pasa lo peor del mundo, no me hables. Si me ves triste, sola, enferma, depresiva, suicida, feliz, exitosa, despreocupada o superada, no me hables, no te acerques, no te rindas. Que este regalo sea eterno para los dos y que no se rompa nunca. No me permitas volver a amarte ni a quererte, ni a confiar en vos.
              Dejame tirada cuando más te necesite, dejame pensar que nunca me quisiste, que jugaste conmigo y que, ahora que te liberaste de mí, sos feliz. Dejame pensar todas esas cosas y arrepentirme de haberme entregado a vos. Porque solo así, odiándote, puedo dejar de amarte. Porque pensar que no me quisiste nunca y que sos un hijo de puta, duele menos que pensar que me amaste de verdad pero que un día te cansaste y hoy ya no queda nada de ese amor. Duele menos que pensar que te tuve y no te supe sostener, a nunca haberte tenido en absoluto.
             Si todavía quedan algunas gotas de ese amor, entonces dejame libre. Porque vos nunca vas a volver a amarme y yo nunca te voy a dejar de amar.
             Desaparecé de mi vida para siempre, y dejame entregarle mi cuerpo, mi corazón y mis recuerdos a alguien que me pueda amar, que me merezca, que me cuide. Dejame intentar ser feliz y olvidarme de lo hermosos que alguna vez fuimos, y del dolor horrible que me ocasionaste. Dejame para siempre, y dejame pensar que fue un romance pasajero, de esos que la nada un día aparecen y, de la nada, un día se van.
            Te amo y te deseo lo mejor. Y nunca pienses que estás solo, porque mi corazón te va a acompañar siempre.


algún día de enero del 2018. 
            Dejame acercarme de cualquier forma; dejame ser tu amiga, tu consejera, tu enfermera. Dejame ayudarte de la forma que quieras y puedas. Desde que entendí a mis 13 años que nunca más iba a ver a mi mamá, me cuesta creer en Dios, y sin embargo no hay día que me duerma sin mirar al cielo y pedirle volver a verte.
             Si Dios existe, que por favor te devuelva a mi vida. Es lo único que deseo con el alma. Sos lo único que deseo cada día, sin cesar.


algún día de enero del 2018.
            Querido mío, amor de mi alma. Qué inútil parece esta carta, ¿no? Ambos sabemos lo que yo siento por vos, pero igual hay cosas que quiero decirte...
            Esto no lo hice por vos. No lo pienses nunca, ni por un segundo. Esta decisión sobre mi vida que estoy tomando es porque yo sé que no puedo conmigo misma. No puedo lidiar con haberme criado mamá y saber que nunca voy a poder abrazarla... ni lidiar con las cosas feas que vos sabés bien que me pasaron. Tampoco puedo lidiar con la muerte de mi abuela, ni con mi constante tristeza.

[La entrada termina ahí, jamás la terminé. Era una carta de suicidio que por supuesto jamás pensé realmente por un segundo que fuera a entregar, ni mucho menos que fuera a concretar ese suicidio. Cuando a uno le rompen el corazón por primera vez, siente que le rompen todo y que la única salida al sufrimiento es la más catastrófica. 
Afortunadamente, después crecemos y cada día abrimos los ojos un poco más para poder verlo todo desde la distancia. Y nos damos cuenta de lo pelotudos que fuimos y nos reímos, a veces, y volvemos a llorar, a veces, también].  

Fuente

Terminar una relación cuando hay amor por primera vez (Cuando te dejan...)

              I 
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor.
Hoy solo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.

Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
 
            II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;

un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Es cierto, mi mundo ya no es mágico. Ahora camino entre pesadillas varias; sueño con él, conmigo, con su ex. Sueño con su familia, sus amigos, incluso sueño sus sueños. Me duele el pecho, vomito por dentro, ya no como. Salgo de la cama un día, y al siguiente olvido cómo. "Necesito tus brazos", pienso. Aquellos brazos que alguna vez me mantuvieron presa en sus sábanas siento que hoy son los únicos que podrían ayudarme a salir. Quizás ahí está el error. 

Las preguntas siempre son las mismas: ¿Cómo dejar de querer? ¿Cómo olvidar? ¿Cómo seguir con mi vida? ¿Cómo encontrarle sentido a mis días? "Pensá", me dicen mis seres queridos "que esta relación te va a servir como experiencia para las futuras". Pero decime, ¿qué me importan a mí las futuras, si con el único que sueño, si con el único que respiro, es con él? ¿Qué me importan las experiencias, si no son enseñanzas para estar con él? 

Hoy hay respuestas que no tengo y otras que ya no quiero responder. Me permito sufrir algunos días, otros me obligo a salir de la cama con un buen propósito. Me miro al espejo y me quiero, porque sé que el cuerpo y el alma que tengo enfrente fue amado y apreciado por la persona que más quiero en este mundo. Sé que el amor que nació en una mirada aún se mantiene entre nosotros, aunque ahora se manifieste de formas extrañas y lejanas, de formas que aún no puedo comprender. Desconozco los exactos motivos por los que decidió dejarme, pero ya no invento palabras en su boca: sí me quiso, sí me amó, y sí fue real lo que sentimos. Que hoy la relación se acabe no quita lo vivido, y no lo va a quitar jamás. 

Ahora recuerdo que tengo una vida, individual, la mía. Recuerdo mis amigos, mi familia, mis tareas y mis sueños. Todo parece antiguo, como si lo hubiese dejado descuidado en un cajón, justo ahora que lo necesito reluciente. Pero así sucede a veces. Uno se abandona en el otro, y cuando el otro lo abandona a uno, parece que ya no queda nada. Pero aún hay vida, aún hay sueños. Ahora me cuesta encontrar dónde, cuándo y cómo, pero sé que está ahí, que me está esperando. 

Por eso, cuando me acuesto en la oscuridad, cuando se me vuelven a brotar las lágrimas, cuando todo parece volver al primer día, me gusta recordarme que mi mundo ya no es mágico, pero que no se acabó. Y que así como alguna vez el amor me hizo infinita, volveré a serlo. Pero para eso necesito el corazón sano, y para eso necesito tiempo, y para eso tomaré pasos cortos. No pasa nada; el camino es largo y seguirá allí. 

Guía básica para saber si siento odio visceral hacia vos


  1. ¿Maltratas por miedos reprimidos? 
  2. ¿Desprecias al otro cuando tiene razón?
  3. ¿Criticas las formas de reclamo de los demás desde la comodidad de tu casa, sin haber movido nunca un dedo para reclamar justicia?
  4. ¿Haces reflexiones simplistas, ignorando los argumentos ajenos? 
  5. ¿Reflejas sobre otros tus propias frustraciones?
  6. ¿Tenés miedo de hablar de sentimientos? 
  7. ¿Nunca cambiaste de idea después de haber hablado con alguien? 
  8. ¿Cambias todo el tiempo de idea por lo que los demás dicen? 
  9. ¿Con frecuencia publicas comentarios negativos en redes sociales hacia otras personas a las que ni siquiera conoces?
  10. ¿Aplaudís indiscriminadamente el escrache hacia otras personas? 
  11. ¿Te alegra la muerte de otras personas? 
  12. ¿Te parece que a las minas las violan porque "se visten provocativas" y que les pegan porque "se lo merecen"?
  13. ¿Te parece que los hombres que lloran, y/o no les gusta el fútbol ni pelear, son maricones? 
  14. ¿Te parece que una persona infiel merece agresiones verbales y físicas de gente que no tiene nada que ver con el asunto? 
  15. ¿Te da miedo que te sean infiel, aun cuando ni siquiera estuviste ni estás en pareja? 
  16. ¿Te parece bien educar a tus hijos y mascotas golpeándolas? 
  17. ¿Te burlas del sufrimiento ajeno? 
  18. ¿Te crees superior como para dar lecciones de moral? 
  19. Teniendo la posibilidad de estafar a alguien, ¿lo haces? 
  20. ¿Te burlas de los gestos con buenas intenciones de los demás? 
  21. ¿Festejas los gestos con malas intenciones de los demás? 
  22. ¿Te parece que algún humano o colectivo humano no debe tener los mismos derechos que vos?
  23. ¿Te mentiste a vos mismo con alguna de estas respuestas?
Probablemente te odio <3 

odio visceral
Fuente.

Sobre el humor negro y sarcasmo

Nacemos vulnerables, y eso está bien. No se le puede pedir a un niño ser espiritualmente más fuerte de lo que su puño lo es. No importa cuánto intentes explicarle qué merece lágrimas y qué no: cuando alguien le grita, vuelve a llorar. Y eso está bien.

Pero hay una edad en la que tenemos que dejar de llorar por boludeces. No soy quién para establecer una edad límite, pero podemos usar el sentido común: si ya estás grandote y seguís pataleando por tonterías, creo yo, deberías replantearte un par de cosas. Y dejame decirte que el humor negro es una gran tontería por la cual patalear.

Una cosa es tener dificultad en establecer cuándo alguien está haciendo comedia con humor negro y cuándo está aprovechándose de él para decir sus ideas más oscuras. Eso podríamos dialogarlo, pensarlo, intentar descifrarlo... pero hoy no estoy hablando de eso. Estoy hablando de la gran mayoría de la gente que sabe de los pensamientos nobles y reales de una persona, y aun así los niega simplemente por el hecho de que esa persona hizo una broma.

Esta es la gente débil y, aunque a mí no me causen ninguna simpatía, hay que aprender a respetar la debilidad ajena. Por eso, los que usamos el humor negro nos vemos obligados a poner advertencias como si fuéramos un mal evitable ("¡¡¡CUIDADO!!!: HUMOR NEGRO") o bancarnos las consecuencias de no ponerlas.

Hasta ahí todo bien: algunos se disgustan, se quejan y se van de tu vida; otros se ríen, aplauden y se quedan. Pero hay un tercer grupito, terrible y desagradable, al que internacionalmente llamamos "idiotas" y nacionalmente  adoptamos como "pelotudos". Es un grupito muy mediocre, pero bastante multitudinario, en el cual los integrantes se autoidentifican como mesías de la moral y maestros de los valores fundamentales de la vida. Ponen a los comediantes a la altura de genocidas, los insultan como si pertenecieran al Ku Klux Klan y los escrachan como si participaran en los atentados de Al Qaeda. A este grupito no le bastan las disculpas, con una mirada te dejan en claro que ya es demasiado tarde, que dejaste expuesto "tu verdadero yo" y quedó claro que tus únicos objetivos en la vida son ir por la vida burlándote de la desgracia ajena.

Uno de sus recursos infalibles es la lástima; ¿cómo te vas a burlar del cáncer?, ¿no te das cuenta que hay mucha gente a la que se le murió familia así?, ¿te parece gracioso? (porque asumen que el comediante no se ríe de la ironía de la enfermedad, sino del sufrimiento ajeno). Es importante que, aunque a veces el recurso de la lástima pueda hacernos caer, no cedamos: con esta gente no, ni un poquito, porque después se van pensando que tienen razón, con el pechito inflado. Porque ese es su objetivo: no es hacer justicia, sino tener razón y darte una lección.

Amigos pelotudos: resulta patético que alguien pueda llegar a creerse superior a otro simplemente porque no disfruta el humor negro. Ustedes no se hacen una idea de lo cómicos que resultan cuando quieren hacernos creer eso. De verdad. A veces deseo que los comentarios que hacen se queden grabados para siempre, y así el día (si es que llega ese día) que encuentren el sendero de la lógica y reflexión, así el día que se miren al espejo y se den cuenta que no pueden dar lecciones yoga ni mucho menos de moral, el día que entiendan que gastaron mucha labia en gente noble que se divertía con la palabra y dejaron pasar a muchos correctos oradores que se cagaron en todos y cada uno de sus valores, y así el día que entiendan que el humor calma el dolor como nada más en este mundo lo hace, entonces, querido idiota, ese día nos vamos a sentar juntos a escuchar las tonterías que dijiste en aquel entonces y quizás nos riamos juntos de las ironías que acuna nuestra sociedad.

Aquí no amanece: sobre haber crecido sin madre

Si me dijeran que marcara las diferencias, me resultaría imposible. No sé realmente cuáles son las diferencias entre mi persona y una que pudo tener a su madre durante los años más difíciles de su vida los cuales son, siempre, la niñez y la adolescencia. 

No porque sean los años en donde más problemas te aquejan ni porque sean los años con más responsabilidades... sé muy bien que no lo son. Más bien son los más difíciles porque son en los que más necesitas nutrirte de amor. Y a pesar de que el resto de mi familia se encargó de darme buenas raciones, el amor que te da una madre no puede ser remplazado, nunca, por el de alguien más.

No sé si el futuro o la felicidad de una persona pueden ser marcadas por un solo hecho, aunque sea uno tan doloroso como este. Quizás la depresión que hoy me diagnostica mi psiquiatra hubiese existido de todas formas, aun teniendo a mi madre. Quizás nací con el alma así, nublada, destinada a acabar siempre con alguna tormenta. Quizás tenemos cosas, matices, que no cambian nunca, sin importar lo que te pase en la vida.
Fuente.
O quizás no.
Quizás si mi madre hubiese podido acompañarme al jardín cada día...
si hubiese podido presentarse en las reuniones de padres de la primaria, y los profesores no me hubiesen aclarado con lástima, cada vez, que quienes no teníamos padres podíamos traer a nuestros abuelos...
quizás si mi madre hubiese estado allí, para aconsejarme la primera vez que salí con un chico, y no me hubiese culpado a mí misma por las acciones del otro...
quizás si mi madre estuviera viva y no hubiese tenido que adaptarme a otras familias, que me miraran de reojo o me excluyeran sin querer...
quizás si mi madre hubiese estado viva y me hubiese consentido, y no viviera con esta constante sensación de no puedo pedir nada a nadie...
quizás si mi madre hubiese estado en el cuarto siguiente al mío y yo hubiese podido escabullirme allí y hacerle preguntas y aliviar mis preocupaciones...
quizás si viviera mi madre y pudiera, por fin, confiar en alguien en cuerpo y alma, enteramente, sin dudas, sin miedos a desentendidos ni decepciones...
sí, quizás no tendría depresión.
Quizás solo tendría berrinches y llantos, alma sensible, corazón débil...
pero no depresión.

Sé que me falta mucho camino, pero estoy segura de que nada me va a doler más de lo que me duele no haber podido conocer a la persona que más me amó en esta vida. Así que, en un acto ridículo y teatral, voy a pasar a compartir unas palabras que le dediqué apenas leí su carta... porque, de vez en cuando, me gusta creer que yo también puedo hablarle a mi mamá.

Respuesta a la carta que me dejó mi mamá antes de morir

Mamá... hoy leí tu carta. Sabía que era corta, que simplemente era un pedacito de papel en donde garabateaste, quizás aún con esperanza de que jamás la leyera. Cuando me la dio la abuela la quise guardar para algún momento importante. Y es que ese papel era lo último que me quedaba. A veces pensaba que quizás podía salir a la calle y morir sin haber leído tu carta, pero no me importaba... atesorar tus últimas palabras en secreto de mí misma era, para mí, la única forma de mantenerte viva.  
Sin embargo hoy, un jueves cualquiera, la leí. La leí con la seguridad de un bloque de hielo, como quien lee una columna de diario. Hace tanto que no lloro por algo propio, porque lo escondo y lo pateo hasta el fondo de mi armario con miedo a que me ataque como antes, que tenía la seguridad de que no iba a llorar. Y acá estoy, hecha pedazos. 
Siempre me dicen que soy parecida a vos, y yo me río porque me miro al espejo y lo único que veo es a mí. Y sin embargo, cuando te leí, te encontré en mí. 
Me dejaste un par de deseos, y hasta ahora no logré hacer bien nada. Me dañé... física y psíquicamente. Maltraté mi cuerpo, dejé que me hicieran sufrir, renegué con el estudio y no intenté, nunca en los últimos años, ser feliz. Me resigné a esto. A sufrirte. 
Me gustaría jurarte que, de ahora en más, voy a seguir tus deseos, pero tu falta se hizo en mí tan presente... que me parece que hay cosas, ahora, imposibles de remediar.  
Pero también ahora sé, no por las palabras de mi familia, ni amigos, ni desconocidos, ahora sé por tus propias palabras que te voy a tener siempre conmigo... y eso me va a ayudar siempre. Me gustaría decir "como si fueras mi ángel", porque sé que te gustaría, pero ambas sabemos que el territorio religioso no es el mío. Pero igual vas a ser siempre una parte de mí, porque nos une el amor que nos tuvimos.
No quiero parar de escribirte nunca, pero estoy empezando a recordar que estoy escribiéndome a mí misma en un bloc de notas. 
Te amo. Más de lo que nunca voy a amar a nadie.
Y gracias.
Tu hija, Ana Belén. 

Carta de despedida a una amiga

Amiga mía: 

Cuántas cosas han pasado... parece ayer cuando se nos cortó la luz y tuvimos que quedarnos en el patio refrescándonos con una manguera por el calor de mierda que hace a veces en esta ciudad. Las comidas compartidas; la milanesa quemada; la sartén que se prendió fuego; los videos en la tablet; las películas con el niño planta...; nuestro filósofo Darío y nuestro fracaso en las Olimpiadas; las tardes acompañadas; las caminatas a la parada del bondi; vos contándome cada detalle de tu día, yo abriéndome y declarando los sentimientos más oscuros que tanto me cuesta contar; las risas, y más y más risas; los insultos de cariño, el humor negro; las múltiples juntadas que jamás nadie vio; Kiara gritandonos desde el auto y nostras con miedo a que nos deschave por ahí; nosotras cantando Zambayonny y enviandole una canción a la profe; e incluso las peleas, que terminaban por hacer querernos más y tener miedo de perdernos la una a la otra.

Pero nos perdimos... o nos encontramos con nosotras mismas quizás. Lo más triste de crecer es toda la gente que dejas atrás. Pensar que durante tanto tiempo nos imaginamos compartiendo la vida universitaria e incluso compartiendo departamento, y ahora se nos hace difícil compartir una conversación de cinco minutos.

Y lo peor es sentir que ya no te quiero. Porque sí te quiero. Te quiero cuando me hacías reír, cuando te reías conmigo (aunque más veces de mí). Te quiero cuando me escuchabas. Te quiero cuando no parabas de hablar. Te quiero en los abrazos. Te quiero cuando te vi llorar en el micro de Bariloche de vuelta a casa porque tus viejos se estaban separando. Te quiero porque me dejaste consolarte, y porque te aferraste a mi brazo como si fuera lo único que te mantenía a flote en ese momento. Te quiero por todo lo que compartimos y soñamos compartir. Pero es como si todos los te quiero fueran viejos y se refirieran a dos personas que ya se fueron.

Ya no hay nuevos te quiero. No te quiero cuando no nos miramos, cuando preferimos hacer trabajos separadas, cuando no nos sentimos cómodas con la cercanía de la otra. No te quiero cuando me pedís perdón antes de pisarme. Y te quiero menos cuando solo te escucho hablar y ya no preguntar, ya no escuchar. Y me resulta tan duro...

Pero hoy decidiste decirme adiós. "No sé, ¡quizás en un futuro...!" .Pero no hay futuro para nosotras juntas, y creo que ambas lo sabemos. Y aunque me duele y me enoja y me hace llorar como hace rato no lloraba, creo que fue lo mejor que pudiste hacer. Porque yo no sé decir adiós a la gente que quiero, e insisto, y me lastimo y lastimo al otro. Creo que así me liberaste. Me dejaste volar, o algo así...

Supongo que algún día te lo agradeceré. Ahora te dejo esta carta, seguro mal redactada y que me voy a arrepentir de haberla hecho de impulso, sin evocar grandes recuerdos, demasiado corta para todo lo que vivimos y demasiado fría para todo lo que sentimos. Pero da igual, porque ni vos vas a leerla nunca, ni yo voy a releerla ni una sola vez.

Pase lo que te pase de ahora en más, para mí siempre vas a ser mi heroína.

Ahora es tiempo de cerrar para abrir. Y como dice el salame de James Blunt que me gusta tanto, "Goodbye my friend. You have been the one for me".

¡Adiós, artista! <3

Lagrimeando, pero con alfajor en mano


Fuente
      
        Juro que si tengo que seguir escuchando Las mil y una noches en la televisión del cuarto de al lado durante todo el año me va a dar una embolia cerebral. Las telenovelas tienen el encanto de siempre deprimirme
        Últimamente, las cosas no me estuvieron yendo bien. A veces me da la impresión de que estoy predispuesta a que todo siempre me salga mal, pero otras veces siento que solo tengo una mala suerte asfixiante. Pero hoy me regalaron un alfajor, lo que demuestra que la suerte sigue de mi lado.
        Otra hipótesis que sostengo es que, en realidad, todo siempre estuvo bastante mal en mi vida. Lo único que cambia es que, a veces, algo me pega más fuerte de lo normal y recién entonces me doy cuenta de mi situación. Como cuando estás en algún lugar donde parece haber un olor a desagradable y, recién cuando llegas a tu casa y te sacás las zapatillas, te das cuenta que habías pisado mierda y eras vos la estuvo apestando todo este tiempo. Quizás a veces solo hace falta mirar de cerca las mierdas para darte cuenta de que están ahí. 
        Lo peor de los problemas es que me dan ganas de tirar todo a la re mierda apenas algo sale mal. Me dan ganas de no perdonar más, de no intentar entender a nadie, de quedarme sola para siempre. Porque, bueno... yo tengo muy claro que no soy buena en mis relaciones familiares, pero sé perfectamente que sí soy buena amiga, pareja y estudiante. Entonces, así como no exijo un mejor padre, o hermano, o prima, o madrina, o abuela, SÍ exijo un buen amigo, una buena pareja y un buen profesor. 
        Pero, cuando me tocan constantemente malas experiencias con amigas, posibles parejas y profesores mediocres, no tengo otra alternativa que preguntarme si no seré yo la que está equivocada. ¿Seré realmente tan buena amiga como me creo?, ¿seré tan comprensiva y amable con los hombres como me siento?, ¿seré realmente una alumna tan aplicada e inteligente como me dijeron? Quizás no. El problema es que, si bajo mi nivel de expectativas y empiezo a aceptar a cualquiera, voy a ser infeliz. Me voy a sentir disconforme, y no quiero. No puedo. No me sirve. 
        Así que supongo que algunas veces está bien mantener altas las expectativas. Aunque eso implique la eterna búsqueda, porque al menos no es la eterna resignación.